lunes, 7 de abril de 2008

LA CIUDAD COMO ESPACIO DONDE EJERCER LA CIUDADANÍA

La ciudad como espacio en donde ejercer la ciudadanía
Humberto Giannini
Anales del 6º Encuentro Científico sobre el Medio Ambiente Ponencia

http://64.233.169.104/search?q=cache:gcNGYIAUYjoJ:www.cipma.cl/RAD/1999/12_Giannini.pdf+articulo+ciudad+ciudadania&hl=es&ct=clnk&cd=8&gl=cl&lr=lang_es

¿Qué pasa con la ciudad? ¿Qué le pasa al hombre contemporáneo que ha vuelto su mirada sobre la ciudad? Me parece importante hacerse esta pregunta. Para los antiguos fue evidente que eran las relaciones cotidianas entre los habitantes de un mismo espacio donde se ejercía la sociabilidad humana, donde se ejercía la ciudadanía. La ciudadanía se ejerce en la ciudad. Y era allí también donde se hacía real y efectiva la vida política. Eso en el mundo griego, cuando todavía no se produce el desprestigio o el antiurbanismo. Aristóteles definía al hombre como un animal político y esta definición permanecerá inamovible por siglos, hasta que la ciudad empiece a perder su centralidad frente al poder unificador del Estado-nación. Es así como los grandes utopistas y otros construyen sus modelos de vida justa y feliz al interior de las murallas de una ciudad. No piensan en un país, sino que piensan al interior de una ciudad, en una espacialidad accesible a todos los que viven bajo el mismo sol. Más tarde, cuando comenzaron las grandes migraciones campesinas hacia los centros urbanos, la vieja definición griega es rescrita y el ser político se transforma en algo mucho más amplio e indeterminado: el ser social. Incluso se traduce la definición de Aristóteles "el hombre es un animal político", como "el hombre es un animal social". Ha cambiado no Aristóteles, sino la percepción de lo que es el hombre .Podría decirse que esto ocurre cuando en Europa empieza a consolidarse el concepto de nación, de Estado nación, de espíritu nacional, hacia fines del siglo XVIII. Poco después, la ciudadanía será entendida como la pertenencia del individuo a una nación, a un territorio patrio. Están incluso los grandes escritos sobre la nación como una entidad incluso ética. Habría que agregar que en América las cosas ocurren al revés. Primero se inventan las naciones y a propósito de las naciones empiezan a surgir las ciudades, por necesidad fronteriza para detener a los enemigos, es decir "al otro". En estos casos, la ciudad surge después de la nación. Pero, es un hecho que el territorio nacional, tanto en Europa como en América, es una espacialidad generalmente obtenida a través de conflictos, conquistas, anexiones y alianzas definidas por líneas convencionales imaginarias que cada vez que se alteran producen agrupamientos étnicos artificiales y desgarros violentos, como lo documenta la historia en estos días en tantos países de Europa. La espacialidad territorial Se podría sostener que este tipo de espacialidad—la espacialidad nacional o territorial— no mantiene ningún vínculo político directo con el ser humano, en cuanto sujeto social. Que ella no es, entonces, el contexto apropiado para la biografía que escribe cada ciudadano, cada "parroquiano" con sus vecinos, con sus asociados reales y con sus amigos. Esta territorialidad nacional tampoco tiene conmensurabilidad con la experiencia de mundo que tiene cada cual. Nuestra experiencia de mundo es la experiencia de un paisaje, de unos olores, de unas fragancias, de unos amigos, de una casa, de un barrio. Esa experiencia de mundo no tiene nada que ver con la territorialidad nacional. Tampoco tiene que ver este territorio nacional con lo que abre o cierra nuestras propias posibilidades. El vecindario, la gente que encontramos, esto que hace posible el encuentro entre los seres humanos, que ocurre de nuevo al interior de la ciudad y no del espacio nacional. Con el afianzamiento del estado nación, que es otra percepción de la pertenencia humana, sobreviene una cierta descontextualización del espacio público, y el ciudadano destinatario del discurso político es reemplazado ahora por ese receptor omniabarcante que se llama pueblo. Pasamos de* Artículo resumido y editado por Ambiente y Desarrollo a partir de la intervención del autor durante el 6to Encuentro Científico sobre el Medio Ambiente, organizado por Cipma, Santiago, 6-8 de enero de 1999.** Miembro de Honor del Collége de Philosophie de Francés. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua .Profesor de Filosofía de la Universidad de Chile.48 Ambiente y Desarrollo - Marzo / Junio 1999VOL XV - Nos1 y 2, pp. 48 - 49 (ISSN 0716 -1476)
LA CIUDAD lo social y del hombre social al pueblo, que es una entidad de alguna manera muy real, pero también irreal. Finalmente en nuestros días, con el desplome estrepitoso de los grandes proyectos sociales, han ocurrido curiosos reajustes lingüísticos que expresan en el fondo desconcierto y temor por lo que respecta a los límites de la realidad social y su verdadera unidad. Es así como ha desaparecido del vocabulario político el término de pueblo. Ya nadie usa este término para nombrar al destinatario casi místico de la preocupación política. Se le suele reemplazar en los discursos con el vocablo tan espantosamente desabrido de "gente". Pero al mismo tiempo ha venido haciendo su regreso en gloria y majestad la vieja y noble expresión de "ciudadano", con la que la revolución francesa había querido exaltar al sujeto de los derechos civiles en un estado éticamente constituido.

El radio de acción de la ciudadanía
Quisiera preguntar a qué espacialidad apunta este concepto de ciudadanía y cuál es el radio de acción política de este ciudadano; es decir, en qué espacio ejerce efectivamente sus derechos civiles y de qué manera. Resulta sugerente esta coincidencia de que el vocablo ciudadanía, que comienza nuevamente a emplearse en todas partes, vuelve a ser empleado en un momento en que se nos plantea
Resumen
En nuestros días, con el desplome estrepitoso de los grandes proyectos sociales, han ocurrido curiosos reajustes lingüísticos que expresan en el fondo desconcierto y temor por lo que respecta a los límites de la realidad social y su verdadera unidad. Es así como ha desaparecido del vocabulario político el término de "pueblo". Pero al mismo tiempo ha venido haciendo su regreso en gloria y majestad la expresión de "ciudadano". Frente a esto es necesario preguntarse a qué espacialidad apunta este concepto de ciudadanía y cuál es el radio de acción política de este ciudadano. El problema que la sensibilidad contemporánea comienza a entrever es que la ciudadanía requiere de un espacio real en el que pueda ejercer sus derechos y gozar de ellos; al tiempo que percibe en nuestros días la huida, la dispersión de tal espacio.
La territorialidad nacional tampoco tiene conmensurabilidad con la experiencia de mundo que tiene cada cual. Nuestra experiencia de mundo es la experiencia de un paisaje, de unos olores, de unas fragancias, de unos amigos, de una casa, de un barrio de manera muy aguda el problema de la vida urbana. Además, en un momento en que son las distopías y no las utopías las que alimentan la gran creación literaria, la creación de la plástica y del cine y los problemas de la ciudad, como la delincuencia .No es difícil explicar este fenómeno. La gran ciudad ofrece hoy la más amplia gama de posibilidades a las expectativas de trabajo, estable u ocasional, de estudio, de profesionalización o simplemente de vivir una vida mas excitante. Tales expectativas vienen precipitando el proceso de desplazamiento comenzado hace aproximadamente dos siglos, sobre todo entre la gente más joven, el abandono de la tierra y de la siesta provinciana. El gran flujo migratorio hacia los centros de atracción ha tenido como consecuencia inmediata —o la tuvo, ya que desaparece hoy día— la polarización de la ciudad entre un centro de poder y un cordón periférico. Como ejemplo están las villas miserias, que todavía existen en Buenos Aires, y las poblaciones callampas de Santiago, que como una gruesa cuerda han venido rodeando la ciudad y cerrando su nudo sobre ella. La antigua ciudad se vuelve desconocida, densa e irrespirable, en razón de su mismo exceso de humanidad. Difícil controlar los residuos tóxicos que esta humanidad produce, compartir el agua, el aire, el sol. Difícil compartir un espacio para habitarlo dignamente. Difícil convivir, no agredirse, no protegerse contra el enemigo interior más allá del barrio o de las rejas protectoras de un condominio. Es cierto que esta ciudadanía puede garantizarnos todavía ciertos derechos muy generales: el derecho a voto, el derecho a la propiedad. Pero el problema que la sensibilidad contemporánea comienza a entrever es que la ciudadanía requiere de un espacio real en el que pueda ejercer sus derechos y gozar de ellos; al tiempo que percibe en nuestros días la huida, la dispersión de tal espacio. ADAmbiente y Desarrollo – Marzo/ Junio 199949

Artículo resumido y editado por Ambiente y Desarrollo a partir de la intervención del autor durante el 6to Encuentro Científico sobre el Medio Ambiente, organizado por Cipma, Santiago, 6-8 de enero de 1999.
** Miembro de Honor del Collége de Philosophie de Francés. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua.
Profesor de Filosofía de la Universidad de Chile.

LA CIUDAD Y LA NUEVA CIUDADANÍA

La ciudad y la nueva ciudadanía.
Por Jordi BORJA*


http://www.ciudadpolitica.com/modules/news/article.php?storyid=769

La ciudadanía es un status, es decir, un reconocimiento social y jurídico por el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a una comunidad, en general, de base territorial y cultural. Los "ciudadanos" son iguales entre ellos, en la teoría no se puede distinguir entre ciudadanos de primera, de segunda, etc. En el mismo territorio, sometidos a las mismas leyes, todos deben de ser iguales. La ciudadanía acepta la diferencia, no la desigualdad.

La ciudadanía se origina en las ciudades, caracterizadas por la densidad, la diversidad, el autogobierno, las normas no formales de convivencia, la obertura al exterior,... Es decir, la ciudad es intercambio, comercio y cultura. No es solamente "urbs", es decir, concentración física de personas y edificios. Es "civitas", lugar del civismo, o participación en los quehaceres públicos. Es "polis", lugar de política, de ejercicio de poder.

Sin instituciones fuertes y representativas no hay ciudadanía. El status, los derechos y deberes reclaman instituciones públicas para garantizar el ejercicio o el cumplimiento de los mismos. La igualdad requiere acción pública permanente, las libertades urbanas soportan mal las exclusiones que generan las desigualdades económicas, sociales o culturales. La ciudadanía va estrechamente vinculada a la democracia representativa para poder realizar sus promesas.

La democracia local, históricamente, contribuyó al progreso de la democracia política del Estado moderno. En los siglos XVIII y XIX se producen los procesos de unificación de territorios que mantenían formas de gobierno y status de los habitantes diversos. Hay un proceso de universalización de la ciudadanía. Ya no es un status atribuido a los habitantes permanentes y reconocidos de las ciudades, que puede ser diferente en una de la otra, sino el status "normal" de los habitantes "legales" del Estado Nación. La ciudadanía vincula a la nacionalidad. Las revoluciones del siglo XVIII, la americana y la francesa, se hacen en nombre de los "ciudadanos", y la "nación" es la comunidad de ciudadanos, libres e iguales, tanto es así que los partidarios del dominio británico o de la monarquía francesa no son considerados "ciudadanos" sino "extranjeros". Desde entonces hasta ahora corresponde al Estado Nación tanto la determinación del status político-jurídico del ciudadano como el desarrollo de las políticas públicas y de las instituciones para darle contenidos (derechos de asociación y elecciones, sistemas públicos de educación, etc.).

La democracia representativa liberal no garantiza por ella misma el ejercicio real de la ciudadanía, ni parte, desde el inicio, de un catálogo de derechos y deberes válidos para siempre. Se dan, históricamente, dos procesos constructores de ciudadanía: Ampliación de los derechos formales de las personas (por ejemplo, derechos políticos para todos, igualdad hombre-mujer, etc.), y desarrollo de los contenidos reales de los derechos y/o dar nuevos contenidos mediante políticas públicas (por ejemplo, escuela pública universal y sistemas de becas u otras formas de ayuda para facilitar el acceso a la enseñanza no obligatoria como la universidad, servicios de interés general de acceso universal garantizado, como transporte público o teléfono, etc.)

Los procesos de desarrollo de la ciudadanía son procesos conflictivos, de diálogo social y de formalización política y jurídica. Estos procesos se pueden expresar en dimensiones diferentes, especialmente tres:

Entre movimientos sociales e instituciones, o con otros actores sociales, como por ejemplo, la lucha por el sufragio universal sin limitaciones de carácter económico o cultural, o de género, los derechos de los trabajadores (huelga, negociación colectiva, asociación).

Entre instituciones o sectores de los aparatos del Estado, como entre parlamento y gobierno, o de estos con el sistema judicial, o con corporaciones político-profesionales, o Estado-Iglesia, etc.

Entre territorios, o más exactamente entre instituciones o sectores del Estado y colectivos sociales o culturales vinculados a territorios determinados (así se incluyen nacionalistas y también ciudades y colectivos étnicos marginados).

Una primera conclusión: la ciudadanía es un concepto evolutivo, dialéctico: entre derechos y deberes, entre status e instituciones, entre políticas públicas e intereses corporativos o particulares. La ciudadanía es un proceso de conquista permanente de derechos formales y de exigencia de políticas públicas para hacerlos efectivos.



El carácter evolutivo de los derechos ciudadanos

La distinción habitual entre derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales por parte de la teoría política, especialmente a partir de T.H. Marshall, con frecuencia se presenta en una versión simplificada como una sucesión temporal. Los derechos civiles corresponderían al siglo XVIII, los políticos al siglo XIX y los sociales al siglo XX. Al siglo XXI corresponderían, posiblemente, los llamados derechos de cuarta generación, los vinculados a la sostenibilidad, medioambiente y calidad de vida.

Pero la historia real más bien nos muestra que los derechos citados han evolucionado y progresado a lo largo del tiempo. Los derechos civiles, por ejemplo de las mujeres, de los jóvenes, de los analfabetos, del personal de servicio, etc. Se han extendido, y todavía hoy están pendientes reivindicaciones de igualdad (incluso se plantea que los niños, desde el momento del nacimiento, deberían ser titulares de los derechos plenos, aunque los primeros años los padres los subrogasen como "tutores"). De los derechos políticos no hablemos: el sufragio universal, la legalización de todos los partidos políticos, las autonomías territoriales, el desarrollo de la democracia participativa y deliberativa, etc. Son progresos del siglo XX o que todavía están incompletos. Y los derechos sociales, los de Welfare State de último siglo, no sólo con frecuencia son derechos más programáticos que reales (trabajo, vivienda, sanidad, etc.) sino que en algunos casos retroceden debido a la crisis financiera del sector público y a las privatizaciones de muchos servicios. Por no citar ahora, lo haremos más adelante, los derechos vinculados a las nuevas realidades tecnológicas, territoriales y económicas, como el acceso a las "tics" (tecnologías de información y comunicación), las formas de participación en el gobierno de los nuevos territorios urbanos-regionales o la regularización de las decisiones económicas y financieras de los grupos empresariales supranacionales.

La evolución de los derechos que configuran la ciudadanía ha sido el resultado de un triple proceso: social o sociopolítico, de movilización de los sectores demandados; cultural, de legitimación de las reivindicaciones y de los valores que las justifican; y político-jurídico o institucional, de legalización y de nuevas políticas públicas.

Por otra parte, no se puede desvincular la conquista de derechos, de los deberes, como por ejemplo el voto obligatorio, el deber de garantizar la asistencia de los niños y jóvenes en la escuela, la relación entre el salario ciudadano y las tareas de carácter social, etc.

Una segunda conclusión: el carácter dinámico o histórico de la ciudadanía, de los derechos y deberes que configuran el status y la dialéctica entre el conflicto sociocultural y los cambios legales y políticos que llevan al desarrollo de la ciudadanía.



Ciudadanía y globalización: los límites de la nacionalidad

La ciudadanía ha ido vinculada a la nacionalidad, es decir, es un status atribuido por el Estado a los que tienen "su" nacionalidad. Hoy en día hay que replantear esta vinculación.

Las migraciones son inevitables y en los países del ámbito europeo las poblaciones de origen no comunitario tienden a estabilizarse de forma permanente. Se plantea una cuestión de exclusión político-legal de una población a la cual no se le reconocen una gran parte de los derechos que configuran la ciudadanía aunque se trate de personas que residen indefinidamente en el territorio e que incluso han nacido en él. Tampoco los ciudadanos europeos que no tienen la nacionalidad del país donde residen están equiparados en derechos con los "nacionales" a pesar de las proclamaciones de la Unión Europea.

Las bases sobre las que se sustentaba el Estado-Nación se han modificado: los conceptos de defensa nacional y de economía nacional han perdido gran parte de su sentido y por tanto, también el de "soberanía nacional". No hay razones serias para limitar los derechos de los no nacionales por cuestiones de "interés nacional" o de patriotismo, la inserción de los países en entidades supranacionales es un hecho tan potente como irreversible.

Por otro lado, la globalización conlleva la revalorización de las entidades subestatales, ciudades y regiones, como ámbitos socioeconómicos y sobre todo de autogobierno (relativo) y de cohesión social y cultural. A más globalización, más se debilitan los Estados, más oportunidad tienen las regiones y las ciudades para fortalecerse. Y más necesitan los ciudadanos tener poderes políticos próximos y ámbitos significativos de identificación cultural. En este contexto, no debe sorprender el renacimiento de las nacionalidades integradas en Estados. Hoy los ciudadanos ya no se pueden identificar solamente con un solo ámbito territorial, a menos que se les excluya y se tengan que refugiar. La ciudadanía, como conjunto de derechos y deberes, no se puede limitar a un solo ámbito llamado Estado, aunque se defina como Estado nación.

Esta complejidad, precisamente, podría permitirme resolver el multiculturalismo que progresivamente se instala en nuestras sociedades. Entre el comunitarismo de exclusión o marginación y la integración que quiere disolver las identidades en una, se puede encontrar en una vía intermedia a partir de admitir la convivencia de colectivos diferentes sobre la base de su igualdad político-jurídica.

Tercera conclusión: es posible separar nacionalidad de ciudadanía. En el ámbito europeo sería suficiente establecer una "ciudadanía europea" que atribuya los mismos derechos y deberes a todos los residentes en cualquier país de la Unión Europea, con independencia de su nacionalidad.



Ciudadanía y sociedad fragmentada

La ciudadanía, tal y como se configuró en el siglo XX, se basaba en un conjunto de premisas que actualmente cabe relativizar, como son:

La homogeneidad de los grandes grupos sociales y la existencia de un modelo único de familia. Hoy en cambio vemos como se fragmentan las clases sociales surgidas de la revolución industrial, como se multiplican los grupos de pertenencia de cada individuo y como aumenta la necesidad de responder a demandas individualizadas, el debilitamiento del modelo tradicional de familia, y a la diversidad de los núcleos elementales de integración social.

La confianza en la economía para garantizar trabajo, remuneración básica y expectativa de movilidad social ascendente, y en la educación para reducir las desigualdades sociales y dar los medios básicos para la integración social. No hay que insistir en que esta confianza hoy sería ingenua, pues la economía de mercado puede desarrollarse manteniendo y aumentando el paro estructural y la precariedad laboral, y la educación obligatoria ya no garantiza ni la inserción en el mercado de trabajo, ni la integración sociocultural.

La progresiva desaparición de la marginalidad y la inserción del conjunto de la población en un sistema de grupos escalonados y articulados con las instituciones, a partir de la familia, escuela, barrio, trabajo, organizaciones sociales y políticas, ciudad, nacionalidad, etc. Todo ello, ordenado para una evolución previsible, ritos de pasaje y estabilidad relativa de la organización social. No es el caso hoy, se multiplican los colectivos marginales, las tribus, las asociaciones o grupos informales particulares, las comunidades virtuales, etc. Los lazos sociales son más numerosos, en grupos más reducidos y más débiles.

Hay que redefinir los sujetos-ciudadanos, sus demandas, las relaciones con las instituciones, las políticas públicas adecuadas para reducir las exclusiones, etc. Por ejemplo, no se puede tratar a los "sin papeles", a la población drogadicta, a los jóvenes o niños marginales, a la población de gente mayor sin rol social, a los parados estructurales permanentes, etc. Con los medios tradicionales incluso del estado del bienestar desarrollado, es decir, con escuela, asistencia social, policía, etc.

Cuarta conclusión: los derechos que configuran la ciudadanía hoy son mucho más complejos que en el pasado y deben adecuarse a poblaciones mucho más diversificadas e individualizadas.



De los derechos simples a los derechos complejos

La tipología de derechos simples heredados por la tradición democrática, tanto liberal como socialista, del siglo XVIII hasta ahora es insuficiente para dar respuesta a las demandas de nuestra época. Para facilitar la comprensión de lo que entendemos por derechos complejos (mejor que decir de cuarta generación) los presentaremos de forma casuística, sin pretender que los siete tipos que exponemos sean los únicos o los más importantes:

Del derecho a la vivienda al derecho a la ciudad. No es suficiente promover viviendas "sociales", ya que puede ser una forma de fabricar áreas de marginalidad. Hay que hacerlas integradas en el tejido urbano, accesibles y visibles, comunicadas y monumentalizadas, en conjuntos o áreas diversas socialmente, con actividades que generen ocupación y servicios. Y sobre todo, con espacio público de calidad.

Del derecho a la educación al derecho a la formación continuada. La educación convencional obligatoria no garantiza la inserción social y profesional. ¡Y tampoco la universitaria! Hay que plantear al derecho universal (es decir, para todos los que lo necesiten) una formación continuada que "ocupe" y "genere" ingresos incluso en los períodos de cambio de actividad o de lugar de trabajo.

Del derecho a la asistencia sanitaria al derecho a la salud y a la seguridad. Las causas que afectan hoy a la salud y al bienestar son múltiples: estrés, drogadicción, accidentes de circulación, alimentación, violencia familiar, delincuencia urbana, etc. El sistema hospitalario y la red de centros asistenciales son importantes, pero es una respuesta muy insuficiente si no se inscriben en un sistema más complejo de prevención, vigilancia, asistencia personalizada y represión de las conductas que afectan a la salud y a la seguridad del conjunto de la ciudadanía.

Del derecho al trabajo al derecho al salario ciudadano. Es cierto que el derecho al trabajo es hoy un derecho "programático", que las autoridades públicas no pueden garantizar, e incluso las políticas públicas son menos eficientes que en el pasado para crear o promover puestos de trabajo. Razón de más para ampliar este derecho hacia el concepto de "salario ciudadano", entendido en cualquiera de las acepciones que se han propuesto actualmente por la doctrina social y económica: salario para todos desde el nacimiento, o solo a partir de la mayoría de edad, o aplicable en períodos de no trabajo, o a cambio de trabajo social, etc.

Del derecho al medio ambiente al derecho a la calidad de vida. El derecho al medio ambiente con frecuencia se entiende exclusivamente desde una perspectiva preservacionista y de sostenibilidad. La calidad de vida va mucho más allá. Entiende el medio como protección, recalificación y uso social no solamente del medio natural, también del patrimonio físico y cultural. Y la calidad de vida como posibilidad de desarrollarse según las orientaciones personales de cada uno, puede incluir derechos tan diversos como la privacidad, la belleza, la movilidad, la lengua y la cultura propias, el acceso fácil a la administración, etc.

Del derecho a un status jurídico igualitario al derecho a la inserción social, cultural y política. Es evidente, y lo hemos tratado antes, que no han desaparecido las exclusiones legales. El solo hecho de que haya una ley de extranjería ya es una prueba de la existencia de una población discriminada, y la aceptación tácita de población "sin papeles" (para facilitar su sobrexplotación) un escándalo de "capitis diminutio" legal hacia un sector cada vez más importante de la población. Pero unificar, igualar el estatus legal de todas las poblaciones que conviven en un territorio, es importantísimo. Pero no suficiente. Hacen falta políticas de acción positiva para promover la inserción y el reconocimiento social de las poblaciones discriminadas, las de origen extranjero, pero también las que sufren algunas deficiencias o handicaps físicos o mentales, los niños, o los ancianos, etc.

De los derechos electorales al derecho a una participación política múltiple, deliberativa, diferenciada territorialmente, con diversidad de procedimientos y mediante actores e instrumentos diversos. Es una paradoja que al mismo tiempo que todo el mundo reconoce la devaluación de los parlamentos y otras asambleas representativas en tanto que las instituciones de gobierno y de bajo nivel de prestigio de los partidos políticos, nuestras democracias otorguen casi el monopolio, o en todo caso el rol principal sobre cualquier otro, a la participación política mediante elecciones de asambleas y partidos políticos. Actualmente hay un desfase entre una doctrina y múltiples prácticas sociales de democracia participativa, deliberativa, directa, etc. Y la resistencia de las instituciones políticas y de los partidos con representación en los órganos de poder para legalizar y generalizar formas de participación política más ricas que las estrictamente electorales (sobre esta cuestión mirar del mismo autor, la ponencia sobre Participación Ciudadana del congreso de Municipios de Cataluña).

Todos los derechos citados implican, evidentemente, los deberes correspondientes por parte de sus titulares, sin los cuales los derechos pierden eficacia para el conjunto de la ciudadanía. El derecho a la ciudad supone el civismo y la tolerancia en el espacio público, el derecho a la formación continuada supone el esfuerzo individual para asumirla, el derecho a la calidad de vida supone un conjunto de comportamientos para respetar el derecho de los demás, etc.



Ciudadanía y Tecnologías de Información y Comunicación

La llamada sociedad informacional modifica las relaciones entre instituciones y ciudadanos, y entre los ciudadanos entre sí. Si antes, como decía Tocqueville, a los dictadores no les importaba que los súbditos no les quisieran, siempre que tampoco se quisiesen entre ellos, hoy parece que con las tics a los poderes públicos y económicos no les importa que los ciudadanos se comuniquen entre ellos, siempre que ello no les dé más posibilidades de intervenir en la gestión de los quehaceres públicos o en el control de los agentes económicos.

La democracia digital es todavía lejana, o más exactamente, el uso democrático de las tics es pobre. Hay obstáculos de diferente tipo que se oponen, como son:

La disminución desigual de las tics en el territorio y por sectores y grupos de edad. El analfabetismo informacional.

El carácter dominante de la oferta privada que controla a la vez la infraestructura, tecnología, servicios y contenidos, lo cual no sucedió en el pasado con otros medios de comunicación (como el teléfono) Es el mercado que se impone, lo cual es tan negativo como lo fuera en educación o medio ambiente.

La débil iniciativa de la oferta pública estatal, que no ha garantizado unas condiciones mínimas de accesibilidad y de formación, que ha aceptado la concepción privatizadora de la Unión Europea y no ha permitido el desarrollo de la iniciativa local (por ejemplo en el cableado) y que ha demostrado poca capacidad de poner las nuevas tics tanto al servicio de una relación más fluida entre Administración y ciudadanos, como para estimular las redes ciudadanas virtuales.

Las experiencias locales, especialmente en Catalunya, son bastante interesantes, tanto en el ámbito general (Localret), como local, en algunos casos de iniciativa municipal (por ejemplo Callús), en otros asociativa (por ejemplo, Ravalnet) pero de alcance limitado. Y en cambio las tics son hoy un factor clave de integración o exclusión social y parece urgente plantearse cual debe de ser su contribución al desarrollo de la ciudadanía.

Nos permitimos solamente apuntar algunos criterios al respecto:

Universalidad, es decir, garantizar el acceso y la formación de toda la población (por ejemplo, venta de ordenadores a precios "políticos" y monitores-formadores para barrios y escuelas)

Gratuidad para determinadas funciones de interés general (por ejemplo vinculadas a la participación ciudadana) o para la prestación de servicios básicos (por ejemplo, mediante la ventanilla única).

Dominio público de la infraestructura y control público de la tecnología para garantizar su uso para todos los usuarios potenciales.

Políticas públicas para orientar servicios y contenidos (que no dependan, como ahora, de la competencia imperfecta y de segmentos de mercado solvente)

Iniciativas políticas ciudadanas para hacer de un "gadget" (o de un instrumento de trabajo) un elemento de socialización.

Las TICS son una gran oportunidad para relacionar contenidos universales o globales con refuerzo de las identidades locales o particulares. Es el reto más actual de la ciudadanía.



Ciudadanía y territorio

Los territorios de nuestra vida social son hoy más complejos y difusos que en el pasado. El esquema barrio-cotidianidad ya no vale para mucha gente. La ciudad como ámbito delimitado, diferenciado del territorio del entorno, espacio del trabajo y del consumo, aventura de libertad ofrecida al niño y al joven, se ha hecho a la vez menos accesible y más dispersa, sin límites precisos ¿Es todavía posible la ciudad como experiencia iniciática? Sí, seguramente es posible y necesaria, pero es necesario que se den algunas condiciones.

Conviene que las políticas del territorio delimiten hasta cierto punto los barrios, los centros, los monumentos, los límites de la ciudad. Es difícil asumir o construir la propia ciudadanía si vives en ámbitos muy reducidos en unos aspectos y muy confusos en otros, o muy especializados casi siempre. Hacen falta centralidades múltiples y heterogeneidad social y funcional en cada área de la ciudad. Y distinciones claras, entre los centros y los barrios, entre los espacios de la cotidianidad y los de la excepcionalidad, son necesarios espacios seguros, pero también algunos que representen el riesgo, la oportunidad de la transgresión. Vivimos en ciudades plurimunicipales, es una oportunidad de vivir la ciudad a escalas diferentes, pero que sean comprensibles.

La calidad del espacio público es hoy una condición principal para la adquisición de la ciudadanía. El espacio público cumple funciones urbanísticas, socioculturales y políticas. En el ámbito de barrio es a la vez el lugar de vida social y de relación entre elementos construidos, con sus poblaciones y actividades. En el nivel de ciudad cumple funciones de dar conexión y continuidad a los diversos territorios urbanos y de proporcionar una imagen de identidad y monumentalidad. El espacio público, si es accesible y polivalente, sirve a poblaciones diversas y en tiempos también diversos. Hace falta también un espacio público "refugio", o espacio de transgresión. Y espacios de fiesta y de gesta, como diría Salvat-Papasseit, de manifestación. El espacio público es el lugar de la convivencia y de la tolerancia, pero también del conflicto y de la diferencia. Tanto o más que la familia y la escuela son lugares de aprendizaje de la vida social, el descubrimiento de los otros, del sentido de la vida.

El territorio, la ciudad, son también el espacio que contiene el tiempo, el lugar del patrimonio natural y cultural. El reconocimiento del patrimonio, o patrimonios, del paisaje, de la arquitectura, de la historia, de las fiestas y de los movimientos sociales, de las poblaciones y actividades sucesivas,... Forma parte del proceso de adquisición de la ciudadanía, de la construcción de las identidades personales y colectivas. Conocer y descubrir la ciudad en sus dimensiones múltiples es conocerse a uno mismo y a los demás, es asumirse como individuo y como miembro de comunidades diversas. Este es un descubrimiento más reciente, ya no somos solamente de un barrio, de una clase social, de una religión. Somos múltiples en cuanto identidades y pertenencias, podemos entender mejor la diversidad de nuestra sociedad.

En el territorio "local" vivimos también la globalidad. Formamos parte de comunidades virtuales, nos relacionamos con el mundo. Vivir la dialéctica local-global es indispensable para no convertirnos en un ser marginal, asumir a la vez las identidades de proximidad y las relaciones virtuales es darse los medios para ejercer la ciudadanía y para interpretar el mundo, para no perderse. Y conocer a los demás a través de la proximidad virtual puede ser una contribución decisiva para aceptar y entender a los demás, vecinos físicos pero no desconocidos culturales. La cultura global debería de desterrar la xenofobia local.

Es en el espacio local que los valores, las lenguas, las culturas se encuentran, pueden convivir y relacionarse. La ciudadanía supone la igualdad, no la homogeneidad. Los derechos culturales de los ciudadanos deben garantizar, tanto la preservación y el desarrollo de las identidades originarias (lenguas, historias, costumbres...) como las relaciones entre ellas. Las fusiones, ni son imprescindibles, ni son negativas, son a la vez inevitables y parciales.

En resumen, y perdón por la solemnidad, hoy Ciudad y Ciudadanía son, a mi parecer, un gran reto. Si lo asumimos y encontramos las buenas respuestas podremos dar un nuevo sentido laico a nuestra vida.

* Urbanista. Asesor de múltiples proyectos en España y América Latina.
Conferencia pronunciada en el "Fórum Europa". Barcelona, junio de 2001.

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS METRÓPOLIS

La transformación de las metrópolis
Alain Touraine

http://www.oei.es/cultura/LatransformacionATouraine2.htm

El objetivo de éste artículo es reflexionar acerca de los problemas de la ciudad. ¿Auge o decadencia?: es el problema que me plantearon. Creo que la primera respuesta a la pregunta, complicada y difícil, es decadencia. Aunque, y en mi opinión, como punto de partida, no como punto de llegada. Como punto de partida, la historia moderna es la historia de la decadencia de las ciudades. El mundo moderno empezó con la creación de la ciudad como acto político principal. En Italia, en Flandes, después en Holanda y en otras partes como Alemania, etc.
En esta época, que corresponde a la creación de la democracia política, o digamos primero, del Estado de derecho; pero primero del Estado nacional o de la ciudad nacional, la ciudad Estado, tipo Venecia, Amsterdam y también tipo Barcelona. En este momento, ciudadanía, burguesía, derechos urbanos, derechos cívicos, todo esto representaba el mundo moderno contra el mundo feudal que tenía su base en la dominación del campo, de la tierra, (del trabajo humano en la tierra). En ese momento esos privilegios los tenían todos, -o casi todos-, un poco más en los países, un poco menos en los Estados nacionales, que eran básicamente Gran Bretaña y Francia, pero incluso en estos países, Londres o París se identificaron totalmente con la modernidad, como en otras capitales u otras ciudades. La modernidad fue una realidad política antes de ser una realidad económica.

Un sociólogo muy importante y famoso, Max Weber, explicó que la racionalización se desarrolló en el plano político mucho antes que en el plano económico. Está visión de hace 400 o 500 años mostraba que modernidad equivalía a ciudad. La ciudad quería decir apertura, capacidad de cambio, libertad, capacidad de organizar intercambios económicos o culturales, etc., básicamente por razones políticas. Entonces, la ciudad fue el elemento central, el elemento básico, la célula central de la sociedad moderna durante una primera época.


La ciudad se transforma

Después vino la industrialización. La industrialización significa la pérdida del control del Estado sobre la economía, y, también, la pérdida del control de la ciudad sobre gran parte de su población. Se organizan afueras, ciudades satélite, o zonas puramente urbanas. Y poco a poco la mezcla de clases sociales, de categorías sociales que había, incluso en el siglo XVIII (comenzaron Dickens o Balzac descripciones literarias costrumbristas), fueron reemplazadas por un proceso de separación, de segregación. A veces de manera totalmente voluntaria, como en el París de mediados de siglo XIX, pero de modo parecido en todas partes.
Londres fue el caso extremo de una ciudad totalmente dividida entre este y oeste, con gente que casi no hablaba el mismo idioma, que difícilmente se entendían debido a la diferencia entre el acento de la parte oeste de la ciudad y el del este. Esto me parece importante, la imagen de la ciudad se vuelve negativa en el sentido de que la ciudad es la burguesía y el pueblo se siente eliminado. Y muchas veces, en muchos casos es materialmente eliminado, literalmente expulsado de la ciudad. Todo esto es mucho más complejo, y ,especialmente, en mi país o en mi ciudad.
En otras, hubo una lucha y el mundo popular, que no era el proletariado, pero era un mundo popular, intentó apoyarse en la ciudad, mantenerse dentro de ella. Pero fue eliminado, hubo una serie de derrotas, y, diría que casi a final del siglo XIX la idea ya era aceptada en casi todas partes, a excepción de algunas zonas. Alrededor de las estaciones de ferrocarriles hay zonas de desintegración social, que suelen conllevar prostitución, robo, etc. Pero aparte de eso, la ciudad de esta época tiene un sentido más bien de gente de clase media, de clase alta o de funcionarios públicos, mientras que las categorías populares y el mundo obrero están principalmente en la periferia, cerca de las empresas o de los medios de transporte. Todo esto es ya bien conocido.

En el momento actual, a finales del siglo XX, creo que este proceso de desintegración de la ciudad ha avanzado mucho. Tomemos un ejemplo que repito en muchas partes del mundo, pero no por casualidad: Ciudad de Méjico, por tomar una ciudad donde se habla español. La Ciudad de Méjico no existe como ciudad. Existe porque una categorización bien clara, interesa. Se ha formado una categoría de gente que vive a nivel mundial a través del ordenador, del fax, del teléfono, de los circuitos financieros, que viven en comunidades generalmente aisladas, fuera de la ciudad. Viven en grupos en habitaciones vigilados por policía privada, a veces con rejas y muchas veces con escuelas privadas donde se da la enseñanza en inglés o, al menos, bilingüe. Esta gente de Méjico tiene bastante contacto con Florida, al menos porque los nietos quieren ir a Disneylandia. También la capital de América Latina tiene mucho contacto con Nueva York, Londres, Tokio. Fueron llamadas, en un libro excelente, las Ciudades Globales. En un libro de la socióloga Saskia Saser, medio americana, medio sueca. Esta elite se comunica perfectamente con los centros económicos del mundo entero a través del teletrabajo, de los medios de comunicación. Después hay un mundo intermedio -comerciantes, empleados públicos- no demasiado lejos del centro. Muchas veces existen ciudades universitarias; en el caso de Méjico, casi todas las grandes instituciones académicas y científicas están al sur. Y finalmente la enorme masa de los inmigrantes; en este caso, inmigrantes del interior, del sur, que suben, se van a quedar o van a inmigrar hacia Florida, o Texas, o, en casos más importantes, hacia California. Entonces estas categorías no se encuentran, no hablan entre sí, no se conocen, no tienen miedo de los otros. La política manipula a los pobres y tal vez esté manipulada ella misma por los ricos. Pero no digo que no haya conciencia nacional, de hecho hay una conciencia nacional muy fuerte; pero proviene del país, de la bandera. Eso es una realidad, en cambio la ciudad no lo es. La gente habla más bien en términos de barrio, de distrito.


El barrio como valor

Recuerdo, -para tomar un ejemplo fuera de Méjico-, cuando hicimos -y estamos haciendo constantemente- estudios con jóvenes inmigrantes en París, en Lyon, en Marsella. Preguntamos a jóvenes que tienen la doble nacionalidad argelina y francesa: tú qué eres, ¿argelino o francés?, y responden: Yo soy de Marsella. Y más concretamente No, Marsella no me interesa, yo soy del conjunto habitacional X. O Yo soy del conjunto habitacional Víctor Hugo, o yo soy de la torre 12, y no tengo nada que ver con esos idiotas de la torre 14, que son exactamente la misma población. Es decir, hay un localismo que es una expresión muy importante de algo que comentaré después a un nivel más general.

Lo que existe es una separación. Emplearé un vocabulario norteamericano: hay un mundo de los habitantes de la ciudad, los overnights. Hay una categoría pero esto es más cierto para los EE.UU. que para los países latinos, europeos o sudamericanos: los sub-overnights, que son la clase media que en los EE.UU. y en algunos países europeos está en la periferia, en los distritos ricos como por ejemplo Washington, que es un caso extremo. Overnights, sub-overnights y ex-overnights, tres categorías muy distintas, incluso desde un punto de vista administrativo. En los EE.UU. por ejemplo, muchas veces los ricos, digamos la clase media-alta, no pertenece a la misma ciudad ni al distrito federal, como es el caso de Washington; están en Maryland, camino a Baltimore. Existe una separación y el punto final es el gueto. Sería muy exagerado decir que es una tendencia general; sin embargo, para crear una imagen un poco dramática, diría que sí hay una tendencia fuerte en la historia urbana: una tendencia hacia la segregación y, por qué no, una tendencia hacia la ghetización.
Un ejemplo, muy conocido por todos, es el de Los Ángeles -centro urbano muy limitado- con una serie de guetos en los que para pasar de un gueto a otro no hay otra solución que la autopista. Una autopista con guetos es, en mi opinión, una buena descripción del mundo actual. No hay comunicación, salvo la comunicación que todos conocemos: asaltos, guerra civil, racismo, xenofobia, etc. Cada grupo desprecia o tiene miedo de grupos nacionales, étnicos, religiosos, etc. Me parece el fin o la decadencia de la ciudadanía. En gran número de casos no somos más ciudadanos, sino más bien habitantes: gente que vive en un barrio, en un distrito, en una zona, en un edificio, etc.



El papel de los media

Creo que es muy importante agregar que el mundo de los media juega aquí un papel enorme. La mayor parte de la gente va al trabajo, vuelve a su casa, se encierra y se comunica, no con su vecino, sino con un chino, con un peruano o con un noruego que aparecen en televisión. Es más fácil para la mayor parte de la gente encontrar un dinosaurio que un vecino, porque hay pocas televisiones que se interesan por la categoría de vecino, que no es muy dramática. En ciertos casos esta tendencia a la segregación es muy fuerte: el caso de los guetos negros de los EE.UU., el caso de Chinatown en varias ciudades -incluso ahora París-, barrios árabes, barrios turcos, etc. Alemania, por ejemplo, es un país donde hay una presencia muy visible de barrios turcos, con muy poca comunicación, porque los turcos no aprenden o aprenden lentamente y poco, la lengua mayoritaria: el alemán. Eso, obviamente, es una visión rápida, un poco extrema, no digo que todo el mundo viva así, pero si uno considera los muy ricos y los muy pobres, es así.

¿Ustedes se acuerdan del juicio famoso sobre Nueva York? Para vivir en Nueva York, para vivir en Manhattan, hay que ser o muy rico o muy pobre. Y el muy rico y el muy pobre tienen muy pocas posibilidades de intercambio. Está desapareciendo la vieja definición de ciudadano como elemento de la vida social, también los derechos del hombre y del ciudadano, que eran sinónimos. Esa es mi impresión, que presento no de manera descriptiva, sino como punto de partida en un análisis. A partir de eso, sin perder tiempo y sin pasar a un análisis más general que vendrá después, ¿qué podemos hacer? Podemos reconstruir las ciudades. No todas las ciudades están en ruinas, como algunas ciudades del Tercer Mundo, o como lo estuvo Detroit, o como algunas ciudades norteamericanas, o el Bronx, que es un campo de ruinas. No quiero dar una visión trágica del mundo, pero me pregunto cómo podemos reaccionar contra esta pérdida de control, no del Estado sino de lo político, del estatus político frente a la situación social y a la identidad cultural. Eso es la desorganización de la ciudad o la decadencia de la ciudad, expresión de la pérdida de influencia de la definición política frente a la definición económica y cultural.

En el momento de la segunda Revolución inglesa, de la independencia americana, de la Revolución Francesa más que nada, nuestro concepto de ciudad, de sociedad, de libertad y de justicia es una concepción urbana, territorial. Se trata de eliminar al Rey como el personaje que domina un país, una ciudad, un pueblo, etc. En el s. XIX hemos aprendido a definirnos como trabajadores más que como ciudadanos. Cuando se dan derechos cívicos, por ejemplo en Francia, los hombres en 1.848 fueron los obreros, los que decían bueno, soy ciudadano, perfecto. Pero trabajo doce horas, mi mujer trabaja diez horas, mi hijo mayor tiene tuberculosis y vivimos en una casa medio destruida, lo que correspondía a la realidad y pensaban: que me interesa a mí ser ciudadano si como trabajador no tengo derechos. Por eso a finales del s. XIX, con mucha lentitud, primero en Alemania; después, de manera más sólida, en Inglaterra y mucho más tarde en EE.UU. y Francia, empezamos a crear una democracia industrial, es decir, a transformar la idea de derechos cívicos en derechos sociales o, para utilizar la palabra más difundida, en justicia social. Y ahora estamos viviendo una tercera etapa: cómo tomar en cuenta la diversidad, las identidades, las memorias culturales.

La diversidad cultural

Nosotros sentimos que la gente quiere mantener sus derechos cívicos o ampliar sus derechos sociales, pero, además, quiere defender u obtener sus derechos culturales. No digo que todos estos problemas no tengan validez, no tengan efectos en la vida de la ciudad, pero no se trata de problemas de tipo global, de tipo territorial, de tipo social. En el tiempo de la vida urbana in stricto sensu, la liberación de las ciudades del poder religioso, imperial o extranjero, fueron realmente la definición de la modernización política. Todo eso va desapareciendo.
Veamos aquí cuales pueden ser las respuestas. La primera respuesta puede ser la postmodernidad. Los postmodernos son la gente que dice que no hay ningún inconveniente en la separación de los bienes, que hay una economía globalizada, identidades culturales múltiples, o al menos hay una libertad total, una ausencia total de coherencia, pues no hay un principio central de la sociedad. Es la imagen de una sociedad reducida a redes de comunicación apoyados en centros de identificación. Esta visión me parece sumamente peligrosa porque si una economía globalizada, mundializada, está separada de la realidad social, se vuelve puramente financiera. Nos puede suceder, ya que vamos a entrar en una unión económica y monetaria. La parte monetaria es bastante visible; la parte económica, muy poco. La parte social es un fantasma. Y la parte política está completamente ausente. Es decir, que existe una gran posibilidad, diría casi una necesidad, de separar la economía de sus efectos, de sus significados sociales y entonces desarrollar lo que estamos viviendo, un aumento de desigualdades sociales, un aumento de la exclusión social, etc.

Por otro lado, si estamos identificados con nuestra identidad, o nuestras identidades, ¿a qué llamamos identidad?: a nuestra memoria. Vamos a identificar valores o creencias o fe religiosa con una ley y con las costumbres. Tomemos un ejemplo muy conocido: la ablación de las niñas en algunas partes de África, que no tiene nada que ver con el Islam, nada que ver, y tampoco con la ley La Sharia, pues la mayor parte del mundo islámico no utiliza la circuncisión. Eso corresponde a costumbres de algunas partes de África subsahariana, que los etnólogos estudian y es un problema complicado, pero ustedes pueden defender, como lo hacen algunos antropólogos, la circuncisión, o, como hace la gran mayoría, pueden condenarla. Pero el Islam no tiene nada que ver. Es un tema bien sencillo para nosotros, incluso para ustedes, porque durante siglos tuvimos esta mezcla de costumbres, de ley y de fe religiosa en lo que se llama la Cristiandad. Gracias, no sé si a Dios, pero no tenemos más Cristiandad, tenemos Cristianismo y una autonomización, incluso un desarrollo intelectual y práctico de la fe religiosa cristiana. Pero vivimos en un mundo que es secularizado, laico y donde se dice claramente que hay costumbres, leyes, valores y creencias religiosas. Y las tres cosas pueden entrar en conflicto, pero tienen también que buscar acuerdos. Diré que si uno elimina el peligro de la financialización de la economía y el riesgo opuesto del comunitarismo, de las creencias o valores, tenemos que reconstruir -y este es mi punto central-, cierto tipo de comunicación entre el mundo económico globalizado y el mundo cultural fragmentado.


Lo económico y lo cultural

Históricamente esta separación de lo económico y de cultural se inició en el siglo XVI, Renacimiento italiano, Reforma italiana. Entonces existían el mundo de la fe y de la subjetividad por un lado y el mundo de la ciencia y del arte por otro. Inmediatamente antes y después inventamos lo político, a partir de Maquiavelo, pero fundamentalmente a través de Hobbes, Locke y Rosseau. Existía en lo económico y en lo social un principio de igualdad. Este principio de igualdad era la ciudadanía y la soberanía popular, que fue tal vez el descubrimiento más importante como principio de acción y teoría del mundo moderno. Pero como ya indiqué -y no quiero volver, quiero plantear el problema en términos más modernos-, a medida que este reino de lo político está invadido por lo económico, por lo cultural... ¿cuál es entonces el principio que nos permite mantener un cierto grado de comunicación o de compatibilidad entre el mundo de la economía y el mundo de las culturas? Y ahí, creo que en muy pocas palabras hay que ver el cambio profundo, el cambio, en mi opinión, casi total que estamos viviendo.

Como acabo de decir, el principio de lo político era un principio universalista. Por encima de las diferencias sociales somos todos iguales en derecho, para utilizar la famosa primera frase de la declaración de Versalles del 26 de septiembre de 1789. Esta igualdad de derecho perdió importancia. La gente insistió en la justicia social, en la identidad cultural, así que, en el momento actual me parece vacío buscar una comunidad, una neocomunidad de tipo político, nacional o administrativo. No digo que estas nociones hayan perdido todo el sentido. Digo que no hay manera de construir cierta unidad de la sociedad a través del llamado principio superior. Todos somos hijos de Dios, todos somos seres racionales, todos somos seres modernos e, incluso, todos somos alemanes o ingleses o mejicanos. En mi opinión no existe otra solución a parte de reconocer el derecho de cada uno o una a construir personalmente un tipo de combinación entre su participación con el mundo técnico-económico y sus identidades culturales.

Me gusta emplear una palabra que fue a menudo usada por un biólogo como François Jacob hablando de la naturaleza, que es la palabra bricolaje, esto es que cada uno no encuentra una solución universalista, pero cada uno de nosotros como el mundo entero, ricos o pobres, blancos o negros o amarillos, estamos buscando un tipo de combinación que sea individual. Cada uno o una de nosotros estamos tratando de construir nuestra individualidad, nuestra personalidad como diferente de las demás. Y esta individualidad no se construye diciendo soy diferente, mi dedo es diferente, sino buscando, construyendo, con un éxito siempre muy relativo una mezcla de metas de tipo instrumental y motivaciones de tipo cultural.

Volviendo, aunque no estaba muy lejos de la ciudad, ¿cuál era el papel de la ciudad? ¿dar ciudadanía? ¿crear igualdad de derechos? Sí, pero como ya indiqué varias veces, es un poco abstracto. Porque si soy miembro de una minoría étnica, nacional o religiosa; o si vivo a un nivel económico muy dramáticamente bajo, esta unicidad o igualdad cívica de todos me parece abstracta. Considero que la función principal de la ciudad, -lo que puede contrarrestar la decadencia del modelo clásico de ciudad- es la de ampliar, fomentar la comunicación entre proyectos de vida personales o colectivos. La ciudad, después de todo, es su más vieja definición, como la encuentro en el extranjero. El extranjero que no es el tipo totalmente diferente, el extranjero es el tipo que tiene un pie dentro y otro fuera. Entonces es que es diferente y semejante porque voy a hacer negocio con el extranjero, o voy a aprender su idioma o voy a admirar a su mujer.

Eso significa que el papel de la ciudad no es el de crear ciudadanos, sino el de manejar, fomentar y proteger el deseo y la capacidad de cada uno de nosotros de comunicar con gente que busca, de manera diferente pero análoga, la construcción de su proyecto de vida personal en forma de una combinación entre una actividad tecno-económica y una memoria cultural.


Organizar la heterogeneidad

Eso no significa que el papel de la ciudad sea el de dar una plena libertad, el de ser tolerante frente a una gran diversidad de experiencias sociales y culturales. Aunque creo que esto es mejor que nada; mejor tolerancia que intolerancia, por supuesto, pero diría que una meta importante para una política urbana es la de organizar la heterogeneidad. Es decir, organizar, defender y fomentar la comunicación entre gente diferente. Lo que significa cosas muy sencillas. Creo que la primera cosa que estamos esperando de una ciudad es que disminuya las distancias sociales, la segregación social y suprima los guetos; que actúe en términos de lo que llamamos solidaridad. Solidaridad no quiere decir que estemos todos en el mismo barco, ni este tipo de tonterías. Significa que nosotros, como colectividad, queremos dar a cada uno la posibilidad de construir su proyecto personal de vida. Eso es la solidaridad. Significa también que tenemos que tener escuelas que sean lo más heterogéneas posible, y no escuelas de ricos y pobres, no escuelas de blancos y azules. Esto me parece lo más importante.

Ahora quisiera agregar una cosa un poco más limitada. Porque ustedes no están interesados en las ciudades sino en las ciudades metropolitanas. Y esto es un tema de enorme importancia actualmente. Voy a empezar con una referencia muy concreta y práctica de mi propia ciudad.
París es una ciudad bien definida porque antes había murallas y ahora, autopista. Después existen en general, -al menos en el norte, este y sur-, núcleos urbanos que desde el s. XVIII (o más bien del XIX) fueron núcleos industriales y obreros. Después, durante los cincuenta últimos años, se han construido zonas de urbanización. Es muy notable ver que en las ciudades industriales, obreras y populares, muchas veces en gran crisis, con una tasa de paro muy alta, hay poca violencia. Y muchas veces en partes un poco destruidas de las ciudades, y en las ciudades urbanizadas, que muchas veces son agradables de ver. Recuerdo que pasando unos días en las afueras de Lyon -donde hubo muchísima violencia- había alguna cosa agradable. Habían servicios, árboles, centros de juego y centros para los jóvenes. Y había violencia. La gran diferencia es que lo que digo sobre la organización de las diferencias del pluralismo, del multiculturalismo supone a la vez la idea de qué es una ciudad; que es el espacio de protección o de fomento de las diferencias. Entonces, la identificación con un centro urbano es muy importante.

Me acuerdo, porque estuve hace muy poco en barrio exterior de París que fue un poco simbólico de la miseria extrema, Overvié, recuerden que había canciones populistas sobre los niños de Overvié. Era realmente pobre, pero la gente tiene una conciencia fantástica, y el equipo de fútbol no es el Barça, tienen un nivel bastante modesto, pero tienen algunos campeones olímpicos. Y todo el mundo, el mundo 90% pobre, se identifica con el tipo que levanta pesos, o que nada, etc.

Lo que me parece lo más interesante en vuestra solución es que en lugar de crear una gran Barcelona en el sentido de suprimir barreras para que cada uno pueda venir al centro con autopistas, con programas centralizados a nivel cultural, etc., ustedes han tratado de construir una red. Una red, por supuesto, en este caso, donde, tal vez no cada habitante, pero la mayoría de los habitantes puede identificarse con un núcleo urbano próximo, relativamente limitado y con cierta memoria colectiva, que puede ser la memoria de una fábrica, que puede ser la memoria de una persona, etcétera. A través de esta identificación local, está preparado a pasar a un nivel superior.

El mestizaje

Creo que el mundo de un mestizaje generalizado es la peor solución del mundo, porque cada uno pierde su identidad y esto crea una solución muy vertical, muy jerarquizada, como en Brasil donde un negro que baja del avión es considerado blanco, porque el blanco es el tipo rico. La raza, la etnia, el color de la piel, todo esto estaría emplazado por una brutal escala social o jerarquización social. Por tanto, nada de mestizaje, nada tampoco de comunitarismo, soy muy anti-comunitarista, muy anti-identificación del individuo a una comunidad, porque eso se liga directamente a la cosa de Milosevich, o a la cosa de los grandes lagos africanos.

Lo que necesitamos, y esto es política, no se hace de manera espontánea, es el voluntarismo urbano, que debe ser la voluntad de crear una red jerarquizada en la mayor parte de los casos, no jerarquizada en algunos casos, aunque esto ya es más complicado. Pero generalmente, por lo menos en Europa y en América latina, jerarquizada. Con posibilidad de aumentar constantemente la posibilidades del centro de acoger diferencias, de organizar encuentros, de organizar comunicación. Barcelona es una ciudad que tiene una tradición comerciante especialmente mediterránea. Creo que es fundamental ser un centro suficientemente sólido para organizar, acoger, hacer posible encuentros entre gente distinta.

En el momento actual estamos todos aterrorizados ante la incapacidad de establecer contactos con el sur del mediterráneo, que es el vecino próximo. Por esto, nosotros -Italia, España, Francia- tenemos que ser agentes de secularización, de ayudar al mundo islámico que es como el mundo cristiano de antes. A separar los sedimentos -costumbres, leyes y creencias- y permitir el encuentro no de costumbres diferentes, sino de fe religiosas, ya que tienen un elemento de universalis-mo, aunque no sea el mismo Dios, aunque no sean las mismas leyes, pero hay por lo menos una intención de universalismo, de universalización.

La ciudad metropolitana

Eso me parece la orientación posible, la orientación necesaria de una política urbana, aumentar, hacer que el centro tenga más posibilidades de comunicación entre culturas, grupos sociales, individuos y sexos diferentes. Que cada elemento, que la pirámide que viene de la vida local al centro metropolitano sea una jerarquía positiva de capacidad de comunicación y de manejar diferencias.

Un filósofo, canadiense inglés, Charles Taylor, ha definido la democracia como la política de reconocer al otro. Por ejemplo, él en su país, es canadiense e inglés, dice tenemos que reconocer al canadiense francés, pero a la vez él tiene que reconocernos a nosotros. Esta idea de comunicación es fundamental, y se entiende que lo que estoy diciendo ahora es una respuesta a lo que he dicho en la primera parte: la decadencia de la ciudad.

La decadencia de la ciudad es la segregación, la separación del mundo económico, técnico que se vuelve más y más global, más y más actual; y las identidades culturales que se cierran y tienen un deseo tremendo de mantener su homogeneidad, su pureza, etc. Por eso el papel de lo político a nivel mundial, a nivel de la UNESCO, a nivel de los países, pero más y más al nivel de las ciudades, y básicamente de este elemento fundamental del mundo de hoy que es la ciudad metropolitana, la gran ciudad. La ciudad puede ser de 20 millones de habitantes, o lo que sea, pero diría que realmente el papel, la meta central de una política urbana es aumentar el grado de heterogeneidad a medida que uno se acerca al centro y a la cumbre de la organización urbana.

Ya he dicho lo esencial que quería decir. Lo interesante ahora sería pasar a las consecuencias concretas, pero quiero insistir sobre lo que acabo de decir porque estamos entrando, con esperanza o miedo en un mundo europeo cada día más unificado. Como todos sabemos en esta Europa actual los capitales, los bienes, las informaciones, los servicios, todo circula libremente, salvo los seres humanos. Eso significa que el ser humano no es una mercancía o una información, es un actor posible, y no podemos resolver el problema de los seres humanos como el problema de las mercaderías o de los capitales. No necesitamos una centralización, un banco central de las religiones o de las ideas filosóficas o de los cálculos científicos o de los pintores. No, lo que necesitamos es exactamente lo contrario, la función básica de la ciudad. Y por eso el Estado nacional está en un crisis más profunda que la ciudad, y ustedes saben que en todos los países europeos la importancia del alcalde ha aumentado enormemente, por ejemplo en mi propio país un alcalde no era nada, cualquier funcionario de la administración era mucho más poderoso. Ahora no es así. En Alemania también. El alcalde de Hamburgo es como un ministro, porque es un Estado. Pero la ciudad representa el lugar estratégico de lucha contra la centralización de la desocialización, de la tecnología y de la economía.

Es solamente al nivel de la ciudad, y especialmente de la ciudad grande, metropolitana, que organizando la participación de la ciudad y de sus habitantes en la red internacional, mundial de tecnología, informaciones y actividades de producción, se puede organizar el encuentro, la compatibilidad de esta integración de tipo económico con la diversidad creciente de la cultura. Ustedes, como yo, encuentran en la calle todos los días gente que viene de África, gente que viene del s. XV, a veces del s. VIII. El problema es que vivimos en un mundo de simultaneidad. Encendemos la televisión y en la MTV son puros negros, como si en EE.UU. o en Inglaterra solamente los africanos cantasen. Pero es así, ustedes encuentran más fácilmente a un cantante de Jamaica que a un electricista para arreglar sus desperfectos. Es decir, porque en la televisión usted no ve electricistas pero ve muchos cantantes.

La ciudad no como lugar, la ciudad en su realidad virtual, en su realidad material, en su realidad imaginaria, es el lugar central donde se puede recomponer, reinventar un espacio político. Es decir, esta mediación que necesitamos absolutamente para evitar que estos dos continentes de la objetividad y de la subjetividad se separen más y más hasta una doble catástrofe. Por eso creo que celebrar el 10ª aniversario de esta mancomunidad no es sólo una ceremonia, creo que puede ser una oportunidad buena para reflexionar sobre el futuro de la sociedad y civilización urbanas, y para darnos cuenta de que la ciudad no es un elemento, el pueblo, la ciudad, la nación, Europa, el mundo, no son elementos. Existen dos tendencias opuestas a la globalización y a la localización como dicen los ecologistas Think global at local. Sí, está muy bien, pero el global y el local están más y más separados, y ¿como pueden mantener una vinculación?: en la ciudad. La ciudad no como política, la ciudad como encuentro, como organización institucionalizada de comunicación entre grupos e individuos diferentes.

Alain Touraine
Catedrático de Sociología

Este artículo es la transcripción de la conferencia que Alain Touraine pronunció el pasado día 2 de febrero de 1998 en Barcelona con motivo del "10è aniversari de la Mancomunitat Metropolitana".